Investigadoras e investigadores del área de Neurociencias del Instituto de Investigación Sanitaria Biogipuzkoa han llevado a cabo un estudio en el que han analizado el papel de varios biomarcadores no invasivos en la Distrofia Miotónica Tipo 1, relacionándolos con la enfermedad y su progresión. Los resultados de este trabajo, en el que han participado Joana Garmendia, Garazi Labayru, Ainhoa Alberro, Laura Martins-Almeida, David Otaegui, Pablo Iruzubieta, Adolfo López de Munain y Andone Sistiaga, han sido publicados en la revista científica internacional Brain Research Bulletin.

La Distrofia Miotónica Tipo 1(DM1), es una enfermedad hereditaria y progresiva que tradicionalmente se conoce por afectar a los músculos. Sin embargo, también tiene un impacto importante en el sistema nervioso central (SNC), provocando síntomas como fatiga, problemas cognitivos, y cambios en la estructura cerebral que pueden aparecer incluso antes de que el paciente note debilidad muscular.

Algunas proteínas presentes en la sangre, como son la proteína neurofilamento de cadena ligera (NFL), la proteína ácida fibrilar glial (GFAP) y la interleucina-6 (IL-6), podrían servir como indicadores no invasivos de daño y/o inflamación en el cerebro. Sin embargo, no se conoce bien cómo cambian estos marcadores a lo largo del tiempo ni su relación con los síntomas de la enfermedad. Tampoco se conoce mucho sobre posibles diferencias entre hombres y mujeres.

Por lo tanto, este estudio ha tenido como objetivo analizar estos tres biomarcadores específicos en la sangre (NFL, GFAP e IL-6) en pacientes con DM1, incluyendo aquellos sin síntomas musculares (DM1 premanifiesta), explorar diferencias por sexo y examinar su relación con aspectos genéticos, musculares, cognitivos y de neuroimagen.

Para cumplir esos objetivos, en este estudio participaron 70 pacientes con DM1 y 54 personas sanas. De ellas, 68 participantes (39 DM1 y 29 individuos sanos) volvieron a ser evaluadas cuatro años después. Se recogieron muestras de sangre en dos momentos diferentes para analizar biomarcadores de daño neuronal (NFL, GFAP) e inflamación (IL-6). En los y las pacientes, además, se recopilaron datos genéticos, musculares, cognitivos y de resonancia magnética cerebral.

Los resultados más destacados fueron, por un lado, que los biomarcadores mostraron un nivel más elevado. Las personas con DM1 tuvieron niveles significativamente más altos de NFL (una proteína que se libera cuando los nervios se dañan) e IL-6 (una proteína que indica inflamación) que las personas sanas. Además, se encontraron diferencias por sexo. Los hombres con DM1 presentaron niveles más altos de estos marcadores de daño e inflamación que las mujeres, lo que sugiere posibles diferencias en cómo afecta la enfermedad. También se encontró relación con la función cognitiva. Las y los pacientes con niveles más altos de NFL e IL-6 obtuvieron peores resultados en pruebas de atención, memoria, y habilidades visuoconstructivas. Por otro lado, se observó una estabilidad temporal. En general, los niveles de estos biomarcadores se mantienen estables durante cuatro años, lo que indica que la progresión de la enfermedad es lenta y gradual. Por último, pueden ser usados como alerta de la progresión. En pacientes sin síntomas (forma premanifiesta), la IL-6 aumenta significativamente en los cuatro años hasta igualar los niveles de quienes ya están afectados.

En este estudio se concluye que niveles elevados de NFL e IL-6 podrían reflejar procesos de neurodegeneración e inflamación del SNC en la DM1. Este patrón también respalda la idea de la DM1 como un modelo de “envejecimiento acelerado”. Además, esta investigación señala que la NFL es un biomarcador prometedor para monitorizar el daño cerebral, mientras que la IL-6 podría reflejar la inflamación y la actividad global de la enfermedad. Todo ello subraya la utilidad de combinar análisis de sangre con evaluaciones clínicas, cognitivas y de neuroimagen para mejorar el seguimiento de los pacientes.

Sin embargo, a nivel general, no se detectaron cambios significativos a lo largo de los cuatro años, lo que indicaría que la enfermedad progresa de forma lenta y sugiere que se requieren seguimientos más prolongados para confirmar la sensibilidad de estos marcadores en periodos cortos de tiempo. Como excepción, en los y las pacientes que aún no presentan síntomas (fase premanifiesta), se observó un incremento de IL-6, lo que podría indicar que la inflamación aumenta paralelamente al desarrollo de la enfermedad, y que este marcador podría ser útil para predecir la aparición de debilidad muscular.

Este estudio pone de relieve el valor de integrar los biomarcadores en sangre con los datos clínicos, cognitivos y de neuroimagen para comprender mejor cómo afecta la DM1 tanto al sistema nervioso central como al resto del organismo. Además, este trabajo podría tener un impacto relevante en la vida de las personas con DM1, ya que abre la puerta a una atención más personalizada y menos invasiva. Entre los posibles beneficios se encuentra un seguimiento más sencillo. Dado que el estudio ha demostrado la relación de estos biomarcadores con aspectos clínicos y cognitivos de la enfermedad, en el futuro —y con más estudios que confirmen estos hallazgos—un análisis de sangre podría ayudar a monitorizar la salud cerebral, reduciendo la necesidad de pruebas más complejas, largas o costosas. También, se podría realizar una detección más temprana. Estos biomarcadores podrían permitir identificar cambios biológicos incluso antes de que aparezcan síntomas claros, lo que facilitaría una vigilancia médica más precoz. Por otro lado, se podrán mejorar los tratamientos. Estos biomarcadores podrían utilizarse para comprobar de forma objetiva si los nuevos fármacos en investigación están funcionando, acelerando el desarrollo de terapias eficaces. Por último, se reduce la incertidumbre. Tener indicadores objetivos del estado de la enfermedad puede disminuir la ansiedad de las y los pacientes y sus familias al proporcionar información concreta sobre la progresión de la DM1.

En conjunto, todo ello podría traducirse en un mejor seguimiento de la enfermedad, intervenciones más ajustadas a cada paciente y, a medio-largo plazo, una mejora en su calidad de vida.

En palabras del grupo investigador, “al hacer este trabajo sentimos que estamos contribuyendo a entender mejor cómo la DM1 afecta al cerebro y la función cognitiva de los y las pacientes. Además, consideramos que es fundamental estudiar la relación de estos biomarcadores con la clínica y el funcionamiento cognitivo y cerebral, porque si no se observa un correlato clínico, su utilidad práctica podría ser limitada”. Añaden que “queremos agradecer sinceramente a los y las pacientes con DM1, a sus familiares y a los controles sanos que han participado en este estudio de forma totalmente altruista y voluntaria, sin los cuales este trabajo no habría sido posible.”

Este trabajo ha sido posible gracias a la financiación del Instituto de Salud Carlos III (ISCII), cofinanciado por la Unión Europea (PI17/01231; PI22/01118); Gobierno Vasco (2022111031; IT1732/22); Universidad del País Vasco (PIF 20/238; Sara Borrell CD24/00005) y CIBERNED.